DIARIO DE ABORDO


 

 

 

 

 

 

 

 



 

  28/06/05 - Salvador   Brasil

En Vitoria compré las cartas que me faltaban para el siguiente tramo: Abrolhos, Ilheus y una general de Camamú a Salvador. Marqué la ruta en la notebook, y puse los WPs en el GPS.

Cargamos agua, combustible y partimos a las 10 de la mañana, con viento por fin del sur - sudeste.

Con la mayor y el yanki a pleno salí por primera vez en todo este viaje siguiendo el rumbo planificado. El pronóstico auguraba viento del sur hasta el domingo, lo cual debería alcanzarnos para llegar a Salvador. La idea era hacer una parada en Abrolhos, un conjunto de cuatro islas a 30 millas de la costa, cuyo nombre significa “abre los ojos”. Nunca mejor puesto, ya que todo alrededor del Parcel dos Abrolhos existe la mayor reserva coralina de Brasil, y al mismo tiempo es un lugar donde las ballenas se dan cita en gran cantidad. Constituye una reserva natural bien protegida por las autoridades locales.

 

El viento del sur, de entre 25 y 30 nudos, nos llevaba rápidamente hacia las islas. Al aproximarnos me di cuenta que no íbamos a poder parar, sería muy arriesgado entrar entre los corales con ese viento, por lo que decidí seguir de largo, otra vez será!

 

El Ithaca avanzaba velozmente, las rachas y la lluvia se sucedían. No paró de llover en cuatro días. En una oportunidad la velocidad llegó al pico de 12 .3 nudos! Todo un record para el Ithaca! El viento que tanto había deseado ahora se mostraba pleno, y con su fuerza nos vapuleaba un poco, el barco se movía constantemente. Tanto es así que Víctor, al no estar acostumbrado a las dimensiones del Ithaca, hizo un mal movimiento y se fisuró una costilla. Yo tomaba y soltaba rizos según el viento se comportaba.

Fue toda una lección para mi, era la primera vez que me lanzaba con un frente frío y no sabía bien qué esperar. La tensión por las noches era superior, ya que el viento aumentaba y la permanente presencia de buques y pesqueros obligaban a una vigilancia constante. La luna, al estar menguante, aparecía muy tarde, por lo que el lapso entre la puesta del sol y la salida de la luna fue el más estresante. No se veía nada, el cielo completamente cubierto, no se distinguía el horizonte, el mar embravecido, aunque no peligroso y el Ithaca que se desplazaba velozmente daban una sensación irreal a las guardias desde dentro de la cabina. El barco se movía, avanzando, pero no podía distinguir hacia dónde, no tenía puntos de referencia! La lucha interna, los pensamientos, el temor a lo desconocido, la oscuridad, sensaciones encontradas…

 

Descubrí que el timón de viento funciona con viento de popa! Fue realmente importante. No se todavía qué es lo que venía haciendo mal. Pero para mi satisfacción justo cuando más lo necesité el timón respondió, porque hubiera sido muy penoso timonear bajo la lluvia todos esos días.

 

Al quinto día el cielo comenzó a abrirse. Estábamos a 70 millas de Salvador. Calculé que a 6.5 nudos de promedio como íbamos, llegaríamos a Salvador a las 3 de la mañana. Por supuesto, de noche, como no podía ser de otra manera! Navegábamos sólo con el yanqui, y el Ithaca iba cómodo al igual que nosotros.

 

El atardecer fue como ver un dibujo naif, los colores eran pasteles, celestes y rosados. Fue en ese instante cuando comencé a disfrutar de lo que vendría. Sabía que íba a ser una noche estrellada espectacular y luego, mas o menos a las 11 de la noche saldría la luna en cuarto menguante, poco tiempo después debería estar entrando en Salvador.

Estaba muy excitada, la noche fue tremenda. Me acosté en el cockpit y mientras el Ithaquita avanzaba sereno me dediqué a contemplar las estrellas, disfrutando la última noche de este tramo, que no podía haber sido mejor. Puse música y todo tomó un halo de película, de a poco fuí rememorando cada detalle del viaje desde la partida hasta ahora, recordando a mis afectos, a todos aquellos que de una u otra forma participaron y participan del proyecto. Todos navegaban conmigo, todos estaban allí sin saberlo, pero conmigo.

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En medio de esa noche maravillosa irrumpió la señora luna, anaranjada, enorme, dándole el broche final a nuestra entrada a Salvador de Bahía, en la Bahía de Todos los Santos.  Y a ella, extasiada de felicidad, le recité un poema que bien conozco:

 

“Si vas a emprender el viaje hacia Ithaca,

pide que tu camino sea largo

y rico en aventuras y experiencias.

A lestrigones, cíclopes o fiero

Poseidón nunca temas.

No hallarás tales seres en tu ruta

si alto es tu pensamiento y limpia

la emoción de tu espíritu y tu cuerpo.

Nunca a los lestrigones, ni a los cíclopes,

ni al fiero Poseidón encontrarás

si no los llevas dentro de tu alma,

si no es tu alma quien ante ti los pone.

 

Pide que tu camino sea largo.

Que numerosas sean las mañanas

de verano en que arribes a bahías

nunca vistas, con ánimo gozoso.

Detente en los emporios de Fenicia,

adquiere hermosos artículos,

madreselva y coral, ámbar y ébano,

perfumes deliciosos y diversos,

Cuanto puedas invierte en deliciosos

y delicados perfumes.

Visita muchas ciudades egipcias y aprende,

con avidez aprende de los sabios.

 

A Ithaca tenla siempre en la memoria.

llegar allá es tu meta,

mas no apresures el regreso.

Mejor que se dilate largos años,

y, en la vejez, arribes a la isla

con cuanto hayas ganado en el camino,

sin esperar que Ithaca te enriquezca.

Un hermoso viaje te dio Ithaca, sin ella

el viaje no hubieras emprendido.

Mas ninguna otra cosa puede darte.

Aunque pobre la encuentres, no hubo engaño,

rica en saber y en vida como has vuelto,

comprendes qué significan las Ithacas.

 

A la madrugada tomamos una boya frente al club municipal, y cuando clareó nos dirigimos a la marina. El club estaba lleno de veleros con banderas de diferentes nacionalidades. Apenas puse proa a la marina, ví que se acercaba un marinero, luego mas gente, que me indicaban a los gritos cual era la maniobra a seguir. Se juntaron por lo menos ocho personas, todas con una sonrisa en la boca, todas tratando de darme indicaciones, pero yo no podía escucharlos por el ruido del motor, solo les veía las caras de alegría, la sonrisa franca. A medida que me fui acercando, los gritos tomaban diferentes matices, uno era en alemán, otro en inglés, español, portugués, francés…, parecía una babel. Nos ayudaron a tomar amarra y nos dieron la bienvenida a Salvador. Había entrado en el mundo de los navegantes oceánicos, pero esa es otra historia…

 

(Salvador de Bahía, Brasil, 29 de Junio de 2005. Aproximadamente 2200 millas)

 


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