DIARIO DE ABORDO


 

 

 

 

 

 

 

 



 

 27/04/06 Puerto La Cruz (Venezuela) a Marigot (Saint Martin).

Habíamos  arreglado con Miryam encontrarnos en Saint Martin, el 29 de Abril, para lo cual yo debía navegar con el Ithaca unas 500 millas, aproximadamente, hasta el destino.

En esos días se llevó a cabo en toda Venezuela, una campaña de vacunación contra la “Rubéola”, habían habido muchos brotes y las autoridades estaban tomando cartas en el asunto.

Se nos informó a todos los navegantes de las diferentes marinas que debíamos acudir a la “Marina Bahía Redonda”, en día y fecha determinados para recibir nuestra dósis y que además darían la vacuna contra la “Fiebre Amarilla”, a quienes la necesitaran para ingresar en otros países. Todo esto gratuitamente.

Así que me dirigí, junto con el grupo de navegantes de mi marina, todos europeos, hacia el lugar de reunión.

Cuando llegamos nos encontramos con todo muy bien organizado. Había tres mesas, cada una con sendos cartelitos que decían: idioma inglés, idioma francés e idioma español. Para mi sorpresa fui la única que se arrimó a la mesa de idioma español!!!! Y mas aún..., quien me atendió para tomarme los datos y luego acceder a la vacunación era una inglesa que hablaba español como yo hablo ingles...!!!! Me pareció todo muy subreal!!!

En definitiva, recibí la vacuna contra la Rubéola pero no pude recibir la vacuna contra la Fiebre Amarilla, que yo necesitaba para poder entrar a Saint Martin, porque no podían darme las dos a la misma vez, debía esperar unos días antes de hacerlo.

Pero recavé un dato fundamental para quienes anden por esta zona. Si se invierte el orden de estas vacunas, es decir, si primero una se pone la de la Fiebre Amarilla, tendrá que esperar un mes antes de ponerse la de la Rubéola. Pero si primero se inyecta la de la Rubéola, sólo tiene que esperar tres días para aplicarse la de la Fiebre Amarilla. Este no es un dato menor, ya que para poder salir de Venezuela los agentes de Sanidad piden a todo navegante el “Certificado de Vacunación Internacional”, de no contar con las debidas vacunas no se puede despachar hacia el próximo puerto. Por lo tanto el invertir el orden de las aplicaciones haría que un viaje se demorara mas de un mes sólo por este hecho.

Estando en aquella marina un navegante me preguntó por qué no pedía tripulación para poder ir acompañada hasta Saint Martin. Ël estaba preocupado por mí porque se habían reportado fuertes vientos por la zona y un amigo francés que teníamos en común, que había salido una semana antes para Martinique con su catamarán, había rifado la vela mayor y tuvo algunos contratiempos por las fuertes rachas. Su consejo era que pidiera tripulación por el canal de VHF de aquella marina, en Puerto La Cruz, Venezuela. Yo le contesté que a pesar de estar en Latinoamérica y en un país que habla español, en ese canal, por donde se comunicaban todos los navegantes, se hablaba en inglés y yo hablo muy precariamente esa lengua.

Aquel navegante me dijo que si yo quería él se encargaría de hablar al día siguiente. De más está decir que nos comunicábamos con dos palabras en inglés, dos en español y el resto con señas...

En efecto, al día siguiente se emitió el mensaje junto con tantos otros por la mañana. A los 20 minutos de terminada la emisión escucho que me llaman por el VHF. Era un chico de unos 25 años y me preguntaba si podíamos conversar sobre el viaje. Arreglamos una entrevista en el Ithaca para el día siguiente...

Yo estaba un poco reacia a llevar un tripulante, tenía ganas de hacer ese tramo en solitario, pero las noticias meteorológicas me inquietaban un poco.

Al día siguiente llegó quien se convertiría, sólo porque me encantó su historia, en el siguiente tripulante del Ithaca. Su nombre es Gregory, nacido en Alemania.

Yo estaba ultimando detalles del barco para la partida que se produciría unos días después, alguien golpeó el casco y cuando salí me encontré con una visión curiosa.

En la proa del barco, en la marina, a pleno sol del mediodía, debía hacer unos 29 ó 30 grados de temperatura, veo a un joven rubio, completamente transpirado que dibujaba estoicamente una sonrisa de oreja a oreja mientras las gotas de sudor le caían por las mejillas. El joven vestía borceguíes, pantalón de corderoy grueso negro, camisa implecablemente blanca con mangas abuchonadas y abotonada hasta el mentón, sobre ésta, un chaleco negro también totalmente abotonado y en la cabeza un sombrero.  Al hombro llevaba una mochila artesal, que se notaba muy pesada y en una de sus manos un bastón. Luego me enteraría que el batón estaba hecho de una raíz que crece sólo en Alemania. 

Se presentó y me dijo que quería acompañarme hasta Saint Martin porque él debía encontrarse en Guadalupe con un amigo, también alemán y ambos debían presentarse a trabajar allí.

Entre cerveza y cerveza me fue contando su historia y el por qué de su curioso atuendo.


Clickeá en la foto

Gregory está estudiando carpintería en su país, me contó que pertenece a la Cofradía de Carpinteros de Alemania. (Me dijo el nombre en alemán pero no logro recordarlo). En la misma estudian el oficio durante tres años y un día. Antes de rendir el exámen final para recibirse, deben salir a recorrer el mundo durante todo un año. La Cofradía establece que los viajeros deben llevar sólo lo puesto, algunos pocos utensillos de carpintería y ganarse el sustento diario y el alojamiento con el fruto de su trabajo. Tras un año de servicio deben volver a Alemania en las mismas condiciones en que se fueron, o sea, con las manos vacías, pero con la experiencia del trabajo realizado y el conocimiento del mundo que esa experiencia les brinda.

El día antes de partir, su maestro les entrega un “Diario de Viaje” oficial, y en él deben volcar todas sus vivencias y registrar los trabajos que fueron realizando. Al volver deberán entregarlo, el mismo es analizado por su maestro y si éste cree que el aprendiz está listo para rendir el exámen, recién ahí podrá rendirlo, pero no tiene asegurado el éxito del mismo. Si fracasa en el exámen, deberá volver a viajar durante otro año completo y volver a empezar.

Gregory terminó de contarme su historia y miles de anégdotas a las 12 de la noche. Le dije que lo aceptaba como tripulante y que volviera en un par de días, alistaríamos el barco y partiríamos.

El día anterior fuimos al mercado municipal de Puerto La Cruz a comprar las provisiones. El viaje duraría unos cuatro o cinco días, dependiendo del viento y Gregory me comunicó que era vegetariano, así que debíamos adaptar las provisiones para tal fin.

Demás está decir que fue Gregory el cocinero de abordo en esta travesía, me enseñó a cocinar platos vegetarianos muy ricos y variados. Confieso que he aprendido a cocinar abordo con los consejos de los diferentes tripulantes que se han subido al Ithaca y los de un sinnúmero de navegantes que me han pasado sus recetas.

He aprendido a hacer conservas de todo tipo, a filetear y salar el pescado, a preparar ceviche,  a racionar las comidas, a utilizar la olla a presión, que además de servir para las conservas y una pronta cocción economiza mucho gas.

La navegación de Puerto La Cruz hasta Saint Martin se caracterizó, al contrario de lo que los pronósitcos hacían suponer, por el viento nulo!!!

Sólo el primer día pudimos navegar a vela, al día siguiente y hasta nuestra llegada a Saint Martín se produjo practicamente una calma que duraría una semana. El calor era agoviante y al estar el motor encendido permanentemente, la temperatura dentro del barco era insoportable.

Cuando el que dejaba la guardia quería tirarse a dormir buscábamos, de día, la sombra de las velas, de la bimini o de la carroza y por las noches dormíamos en el cockpit.

Así se fueron sucediendo los días de calor intenso, el reflejo del sol en ese mar que parecía un espejo. Sólo la música que sonaba por los parlantes lograba cortar un poco la somnolencia que esto nos producía. Esa quietud total durante días creo que puede llegar a ser muy desmoralizante si la encontramos en el Cruce del Atlántico! Curiosamente en el cruce del Ecuador no encontramos las calmas que estaban previstas y aquí que nada anunciaba  esta quietud, se había instalado y no se quería ir...

Que raro es esto de navegar..., cuando tenemos mucho viento nos quejamos..., y cuando su precencia es ausencia...., también nos quejamos!!!!

Llegamos a Saint Martin con dos días de retraso, según lo que había convenido con Miryam, pero allí estábamos por fin. En la antepuerta del cruce del Atlántico.

Gregory desembarcó inmediatamente puesto que debía encontrar alguna embarcación que lo llevara a Grenada, ya que su amigo llegaría por avión al día siguiente.

Se volvió a poner su ropa de carpintero, a pesar del sol abrazador, y se marchó tan contento como siempre, con su sonrisa de oreja a oreja, disfrutando la vida, pero antes me hizo firmar su Diario de Viaje.

 Hicimos el embarque de Miryam y ahora si, por fin, a ultimar los detalles para cruzar el Océano Atlántico!!!


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