|
Habíamos arreglado
con Miryam encontrarnos en Saint Martin, el 29 de Abril,
para lo cual yo debía navegar con el Ithaca unas 500
millas, aproximadamente, hasta el destino.
En esos días se llevó a cabo en toda Venezuela, una
campaña de vacunación contra la “Rubéola”, habían
habido muchos brotes y las autoridades estaban tomando
cartas en el asunto.
Se nos informó a todos los navegantes de las
diferentes marinas que debíamos acudir a la “Marina
Bahía Redonda”, en día y fecha determinados para
recibir nuestra dósis y que además darían la vacuna
contra la “Fiebre Amarilla”, a quienes la
necesitaran para ingresar en otros países. Todo esto
gratuitamente.
Así que me dirigí, junto con el grupo de navegantes
de mi marina, todos europeos, hacia el lugar de reunión.
Cuando llegamos nos encontramos con todo muy bien
organizado. Había tres mesas, cada una con sendos
cartelitos que decían: idioma inglés, idioma francés
e idioma español. Para mi sorpresa fui la única que se
arrimó a la mesa de idioma español!!!! Y mas aún...,
quien me atendió para tomarme los datos y luego acceder
a la vacunación era una inglesa que hablaba español
como yo hablo ingles...!!!! Me pareció todo muy subreal!!!
En definitiva, recibí la vacuna contra la Rubéola
pero no pude recibir la vacuna contra la Fiebre Amarilla,
que yo necesitaba para poder entrar a Saint Martin,
porque no podían darme las dos a la misma vez, debía
esperar unos días antes de hacerlo.
Pero recavé un dato fundamental para quienes anden por
esta zona. Si se invierte el orden de estas vacunas, es
decir, si primero una se pone la de la Fiebre Amarilla,
tendrá que esperar un mes antes de ponerse la de la Rubéola.
Pero si primero se inyecta la de la Rubéola, sólo
tiene que esperar tres días para aplicarse la de la
Fiebre Amarilla. Este no es un dato menor, ya que para
poder salir de Venezuela los agentes de Sanidad piden a
todo navegante el “Certificado de Vacunación
Internacional”, de no contar con las debidas vacunas
no se puede despachar hacia el próximo puerto. Por lo
tanto el invertir el orden de las aplicaciones haría
que un viaje se demorara mas de un mes sólo por este
hecho.
Estando en aquella marina un navegante me preguntó por
qué no pedía tripulación para poder ir acompañada
hasta Saint Martin. Ël estaba preocupado por mí porque
se habían reportado fuertes vientos por la zona y un
amigo francés que teníamos en común, que había
salido una semana antes para Martinique con su catamarán,
había rifado la vela mayor y tuvo algunos contratiempos
por las fuertes rachas. Su consejo era que pidiera
tripulación por el canal de VHF de aquella marina, en
Puerto La Cruz, Venezuela. Yo le contesté que a pesar
de estar en Latinoamérica y en un país que habla español,
en ese canal, por donde se comunicaban todos los
navegantes, se hablaba en inglés y yo hablo muy
precariamente esa lengua.
Aquel navegante me dijo que si yo quería él se
encargaría de hablar al día siguiente. De más está
decir que nos comunicábamos con dos palabras en inglés,
dos en español y el resto con señas...
En efecto, al día siguiente se emitió el mensaje
junto con tantos otros por la mañana. A los 20 minutos
de terminada la emisión escucho que me llaman por el
VHF. Era un chico de unos 25 años y me preguntaba si
podíamos conversar sobre el viaje. Arreglamos una
entrevista en el Ithaca para el día siguiente...
Yo estaba un poco reacia a llevar un tripulante, tenía
ganas de hacer ese tramo en solitario, pero las noticias
meteorológicas me inquietaban un poco.
Al día siguiente llegó quien se convertiría, sólo
porque me encantó su historia, en el siguiente
tripulante del Ithaca. Su nombre es Gregory, nacido en
Alemania.
Yo estaba ultimando detalles del barco para la partida
que se produciría unos días después, alguien golpeó
el casco y cuando salí me encontré con una visión
curiosa.
En la proa del barco, en la marina, a pleno sol del
mediodía, debía hacer unos 29 ó 30 grados de
temperatura, veo a un joven rubio, completamente
transpirado que dibujaba estoicamente una sonrisa de
oreja a oreja mientras las gotas de sudor le caían por
las mejillas. El joven vestía borceguíes, pantalón de
corderoy grueso negro, camisa implecablemente blanca con
mangas abuchonadas y abotonada hasta el mentón, sobre
ésta, un chaleco negro también totalmente abotonado y
en la cabeza un sombrero.
Al hombro llevaba una mochila artesal, que se
notaba muy pesada y en una de sus manos un bastón.
Luego me enteraría que el batón estaba hecho de una raíz
que crece sólo en Alemania.
Se presentó y me dijo que quería acompañarme hasta
Saint Martin porque él debía encontrarse en Guadalupe
con un amigo, también alemán y ambos debían
presentarse a trabajar allí.
Entre cerveza y cerveza me fue contando su historia y
el por qué de su curioso atuendo. |

Clickeá en la foto
Gregory está estudiando carpintería en su país, me
contó que pertenece a la Cofradía de Carpinteros de Alemania. (Me
dijo el nombre en alemán pero no logro recordarlo). En la misma
estudian el oficio durante tres años y un día. Antes de rendir el exámen
final para recibirse, deben salir a recorrer el mundo durante todo un
año. La Cofradía establece que los viajeros deben llevar sólo lo
puesto, algunos pocos utensillos de carpintería y ganarse el sustento
diario y el alojamiento con el fruto de su trabajo. Tras un año de
servicio deben volver a Alemania en las mismas condiciones en que se
fueron, o sea, con las manos vacías, pero con la experiencia del
trabajo realizado y el conocimiento del mundo que esa experiencia les
brinda.
El día antes de partir, su maestro les entrega un
“Diario de Viaje” oficial, y en él deben volcar todas sus
vivencias y registrar los trabajos que fueron realizando. Al volver
deberán entregarlo, el mismo es analizado por su maestro y si éste
cree que el aprendiz está listo para rendir el exámen, recién ahí
podrá rendirlo, pero no tiene asegurado el éxito del mismo. Si
fracasa en el exámen, deberá volver a viajar durante otro año
completo y volver a empezar.
Gregory terminó de contarme su historia y miles de anégdotas
a las 12 de la noche. Le dije que lo aceptaba como tripulante y que
volviera en un par de días, alistaríamos el barco y partiríamos.
El día anterior fuimos al mercado municipal de Puerto
La Cruz a comprar las provisiones. El viaje duraría unos cuatro o
cinco días, dependiendo del viento y Gregory me comunicó que era
vegetariano, así que debíamos adaptar las provisiones para tal fin.
Demás está decir que fue Gregory el cocinero de
abordo en esta travesía, me enseñó a cocinar platos vegetarianos
muy ricos y variados. Confieso que he aprendido a cocinar abordo con
los consejos de los diferentes tripulantes que se han subido al Ithaca
y los de un sinnúmero de navegantes que me han pasado sus recetas.
He aprendido a hacer conservas de todo tipo, a filetear
y salar el pescado, a preparar ceviche, a racionar las comidas, a utilizar la olla a presión, que
además de servir para las conservas y una pronta cocción economiza
mucho gas.
La navegación de Puerto La Cruz hasta Saint Martin se
caracterizó, al contrario de lo que los pronósitcos hacían suponer,
por el viento nulo!!!
Sólo el primer día pudimos navegar a vela, al día
siguiente y hasta nuestra llegada a Saint Martín se produjo
practicamente una calma que duraría una semana. El calor era
agoviante y al estar el motor encendido permanentemente, la
temperatura dentro del barco era insoportable.
Cuando el que dejaba la guardia quería tirarse a
dormir buscábamos, de día, la sombra de las velas, de la bimini o de
la carroza y por las noches dormíamos en el cockpit.
Así se fueron sucediendo los días de calor intenso,
el reflejo del sol en ese mar que parecía un espejo. Sólo la música
que sonaba por los parlantes lograba cortar un poco la somnolencia que
esto nos producía. Esa quietud total durante días creo que puede
llegar a ser muy desmoralizante si la encontramos en el Cruce del Atlántico!
Curiosamente en el cruce del Ecuador no encontramos las calmas que
estaban previstas y aquí que nada anunciaba
esta quietud, se había instalado y no se quería ir...
Que raro es esto de navegar..., cuando tenemos mucho
viento nos quejamos..., y cuando su precencia es ausencia...., también
nos quejamos!!!!
Llegamos a Saint Martin con dos días de retraso, según
lo que había convenido con Miryam, pero allí estábamos por fin. En
la antepuerta del cruce del Atlántico.
Gregory desembarcó inmediatamente puesto que debía
encontrar alguna embarcación que lo llevara a Grenada, ya que su
amigo llegaría por avión al día siguiente.
Se volvió a poner su ropa de carpintero, a pesar del
sol abrazador, y se marchó tan contento como siempre, con su sonrisa
de oreja a oreja, disfrutando la vida, pero antes me hizo firmar su
Diario de Viaje.
Hicimos el embarque de Miryam y ahora si, por
fin, a ultimar los detalles para cruzar el Océano Atlántico!!!
|