DIARIO DE ABORDO


 

 

 

 

 

 

 



 

  21/06/05 - Vitoria   Brasil

Como ya casi es mi costumbre, salimos de Buzios a la madrugada, sabiendo que nos esperaría un viaje duro. Los motivos…, los de siempre…, viento y corriente en contra, y esta vez iba por más: el Cabo Santo Tomé.

Había escuchado hablar mucho sobre él. Es una zona altamente transitada por buques y pesqueros. Existe una amplia franja de plataformas petroleras y los buques se dirigen desde Macaé hacia las plataformas. La Guía de Brasil que me regaló Roberto en Bracuhí habla de cientos de buques navegando permanentemente por esas aguas. Además justo frente al Cabo se encuentra el Banco Santo Tomé, con una extensión hacia fuera de 10 millas aproximada-mente, por lo que tendría que pasar entre el banco y la zona de plataformas, atravesando el enjambre de buques, pesqueros y redes. Tenía motivos para preocuparme.

De Buzios a Vitoria hay poco mas de doscientas millas.Tiré un borde, que me llevaba al sudeste, con él esperaba alejarme de la costa para abrirme y poder pasar a unas 30 ó 40 millas del cabo. Cuando viré pensando que tomaría el borde bueno, la sorpresa fue mayúscula! La corriente me tiraba hacia atrás. Podía luchar con el viento en ceñida y casi de proa, pero la fuerza de la corriente en contra era mayor que en otras zonas. Nuevamente prendí el motor. Así, con vela y con motor casi al máximo, el Ithaquita con gran esfuerzo avanzaba a 1 nudo!! No había mucho más para hacer, solo esperar y descontar millas con cuentagotas.

Con Víctor tiramos la línea con la currica que me regalaron Juan, del Charrán y Mario. Juan me había dicho cuando me la dió: - "con ésta te vas a cansar de pescar!" Dicho y hecho! Muchas gracias Mario y Juan! El primer día pescamos un Dorado hermoso. El segundo hicimos doblete y volvimos a sacar otro Dorado y al tercer día sacamos lo que creo era un Atún! Riquísimo!! Todos fueron a parar a la cocina, y Víctor se encargó de prepararlos espectacularmente bien. Tuvimos tres días de comida natural, rica, sana, gratis, directamente del mar a la mesa. Que más se puede pedir?

Una vez que pasamos el Cabo Santo Tomé todo cambió. La corriente ya no tiraba para atrás y tuvimos una calma chicha impresionante. Esto también es nuevo para mi, la calma, la pesca, limpiar el pescado en el cockpit del barco, tirar baldazos de agua para escurrir la sangre, sentarse a la mesa y disfrutar del fruto del mar, todo mezclado con un sentimiento primitivo, casi ancestral, arquetípico. Y por otro lado el sentimiento de culpa. Eran los peces o yo?. Cuestión de vida o muerte? No, no era así…, pero que ricos estaban! Me consuelo pensando que las pocas veces que pesqué en mi vida fue sólo para comer, nunca por deporte, no me gusta de esa manera.

Y como este viaje parece ser novedoso por todos lados, por la noche mientras hacía la guardia, el mar estaba calmo, había luna llena y comencé a ver a unos quince metros del Ithaca una espumita blanca que me llamó la atención, se movía y no podía distinguir qué era. Se iba acercando hacia la popa y agrandándose, hasta que de pronto me di cuenta de lo que estaba viendo: era una ballena! Una ballena a solo quince metros del Ithaca!, sacó el lomo pegó un resoplido que me dejó literalmente helada, lo escuché nítidamente, con fuerza, ví el chorro de agua, que salía de su lomo y volvió a hundirse. Me quedé paralizada. Impresionada. No podía dar crédito de lo que había visto. La impresión me duró por muchas horas. Había visto una ballena!, de noche, con el mar como aceite y a la luz de la luna! Qué viaje éste, cuántas emociones! Miré la luna llena y me acordé de mi mamá, que es fanática de la luna y deseé que la estuviera viendo desde su departamento al igual que la estaba contemplando yo en ese momento. La luna le da energía, fuerzas, dice siempre ella, y vaya que ahí había energía!

 

Recién comenzaba a recuperarme de la experiencia cuando, a las horas de ver la ballena y también por la noche, empecé a escuchar el ruido característico de los delfines. Al principio sólo eran sombras en la noche, luego se fueron acercando, sus siluetas danzaban en la popa del Ithaca, saltando, jugando, alegrándome la vida.

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Mientras todo esto sucedía Víctor dormía, lo había llamado para ver la ballena pero estaba cansado, así que tuve el espectáculo para mi sola. Sí, para mí sola. Ninguna otra persona estaba en ese momento en ese lugar, en ese punto del universo, en ese instante preciso en que se conjugaban tantos factores hermosos. El espectáculo nuevamente de la naturaleza soberbia, salvaje, furiosamente activa ante mí, y yo misma como parte de esa naturaleza viva, pues no soy otra cosa que una más de esas criaturas, que palpita con la respiración del universo…

La noche dejó paso al amanecer y con él vi los primeros peces voladores de mi vida. Parecían pequeños pajaritos volando sobre distancias considerables.

 

Poco a poco, a vela, nos fuimos acercando a Vitoria. Por la tardecita me fui a dormir, estaba muy cansada y le pedí a Víctor si podía hacer la guardia. Pasó una hora y escucho que me llama para decirme que le parecía que había que tomar rizos! Salí y se volaban las vacas! A la altura de Guaraparí, a casi 25 millas de Vitoria, nos alcanzó el tan ansiado y pronosticado frente frío. El viento del sur llegó a 40 nudos con rachas de 50, y lluvia torrencial. Me abalancé sobre cubierta con el arnés de seguridad puesto y agarrada a la botavara como garrapata, flameando todo el conjunto con el viento, tomé las manos de rizos. Fiú! Con la mayor con tres rizos y el yanqui abajo el Ithaca navegaba mejor. Abruptamente todo se cubrió, ya no se veía nada, apenas si la proa del barco. Desapareció la costa con sus luces (era de noche), desaparecieron los buques fondeados frente a Vitoria, las balizas intermitentes, todo aquello que indicaba mi posición. Pasando, de un momento a otro, de una situación de total control visual a otra de incertidumbre increíble, mientras el Ithaca volaba a 8 nudos, con picos de 10. Navegamos a puro GPS. No quería prender el radar para no gastar baterías puesto que el alternador del motor no esta funcionando bien.

Fuimos regulando en la medida de lo posible la velocidad del Ithaca ya que quería llegar a Vitoria de día, en la entrada hay bancos de piedras y quería estar bien atenta a todas las señales. Faltando una hora para llegar el viento comenzó a amainar, el cielo se abrió un poco y empezó a clarear, era ese el momento. Había que entrar a Vitoria antes de que llegara la próxima tanda de rachas, si nos agarraba afuera iba a ser muy difícil entrar.

 

A las 7 de la mañana el Ithaca estaba virando rumbo a la Bahía do Espírito Santo, sorteamos las piedras, las boyas e islas y a las 9 hs. tomamos amarra en el Iate Clube do Espírito Santo en Vitoria. Me estoy haciendo una experta en maniobrar sola con el Ithaca! Vamos todavía! Donde querés que ponga al Ithaca? Allá? OK, no hay problema! Je, jeeeee!!!

En el club nos dieron tres días de cortesía, que lamentablemente no podremos aprovechar porque, como mencioné, el frente frío está con nosotros, es el momento de seguir rumbo al norte. Así que nos quedaremos un día para descansar, reaprovisionarnos y continuaremos viaje hacia el norte antes de que el viento sur se extinga.

Por ahora el Ithaca está en Vitoria y yo me puse los tres cabos en el bolsillo: cabo Santa Marta, cabo Frío y cabo Santo Tomé. Vamos que se puede!


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