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Después
de casi diez años que llevó la construcción y alistamiento del
Ithaca, después de muchas millas
pasadas por debajo de la quilla, por fin estábamos en Saint Martin.
Ese fue el punto que elegimos para lanzarnos a cruzar el Océano Atlántico
y Horta, en la isla de Faial, en el archipiélago de Azores, el
puerto de destino.
El
nombre del barco: “Ithaca”.
Sus tripulantes: Miryam y
Patricia Brizuela. La
fecha: 09 de Mayo de 2006. Distancia: poco mas de 2500 millas.
Partimos
desde la Bahía de Marigot, en Saint Martin, realmente un paraíso
en el Caribe. Allí aprovechamos para aprovisionar al Ithaca de lo
poco que le faltaba, ya que el grueso de las compras las hice en
Puerto La Cruz, Venezuela. Allí adquirí ocho bidones para
combustible, instalé cuatro a cada banda, tomados a sendos listones
de madera con cabos.
En
total, llevábamos 520 litros, los que nos darían una autonomía de
11 días. El precio del combustible en Venezuela es mas barato que
el agua. Con un dólar se compran 60 litros de gasoil!!!
También, junto con otros navegantes, realizamos las compras de
comida y bebidas. Y por último, cargamos agua y compramos un sinnúmero
de botellas de agua mineral de un litro, que son muy fáciles de
estibar en cualquier lugar.
Hay
dos caminos posibles para ir hasta Azores, vía Bermudas o directo,
sin escalas. Ambas tienen sus pro y sus contra.
La primera, pasando por Bermudas, nos aseguraba poder
aprovisionarnos con alguna cosa que se nos haya olvidado, o bien,
poder arreglar algo que se pudiera haber roto en la navegación.
Pero al tener que subir bastante en latitud, es mas probable
encontrarse con vientos muy fuertes y mayor número de tormentas.
Por otro lado, el cruce directo a Azores significaba no contar con
los beneficios antes descriptos. No habría posibilidad de reparar
nada en tierra ni lamentos para los olvidos. Muchas calmas es lo que
se puede esperar del cruce por esta vía, siendo una lotería su
duración.
Nosotras elegimos esta vía, preferíamos poder adaptarnos bien al
mar antes de encontrarnos con el mal tiempo, porque por supuesto era
previsible encontrarnos con tormentas con tantas millas por delante.
Si se rompiese algo lo arreglaríamos abordo en la medida de lo
posible.
Partimos
con miles de emociones juntas, con mil pensamientos, con la sensación
de que éste sería el tramo mas importante de la travesía.
La primera semana fue estupenda, clima caribeño, cielos de un azul
indescriptible, completamente despejados, vientos de entre 10 y 15
nudos, poca mar, muchos delfines acompañándonos, jugando en la
proa del Ithaca.
Vimos
muchas ballenas. Una de ellas, con sus dos ballenatos, nos dio un
espectáculo de baile y juegos en el mar a una milla a nuestra popa,
durante horas.
En otra oportunidad una ballena se asomó primero por nuestra popa
dos veces y luego salió a proa y a estribor. La vimos completa!!,
como salía y se volvía a meter justo delante del Ithaca, a tan
solo unos metros. Nos aferramos fuertemente a la chubasquera
esperando el golpe, era grande como el Ithaca y se zambulló tan
cerca y rápidamente en nuestra proa que no podríamos esquivarla,
atinamos a aminorar la marcha soltando escotas y un movimiento con
el timón. Por suerte nada sucedió. Estaba claro que la ballena
calculaba sus movimientos, pero sólo ella sabía eso, nosotras lo
vivimos de otra manera arriba del barco.
Nos prometimos leer acerca del comportamiento de las ballenas cuando
tocáramos tierra, para saber como reaccionar en alguna otra ocasión.
Nos
propusimos llevar siempre puestos los arneses de seguridad, los que
también incluían el salvavidas auto-inflable Los llevábamos
puestos en todo momento que estábamos en cubierta. Salvo cuando el
viento bajaba de los 10 nudos y estábamos las dos despiertas y a la
vista. Sino el sentido común nos decía que debíamos usarlos.
Hacíamos guardias de dos horas por dos horas de descanso. Eso
significaba que si la que estaba haciendo guardia caía al agua por
algún motivo sería muy difícil que la otra la pudiera ayudar, ya
que estaría durmiendo y peor aún si el motor estuviera encendido.
Nada se escucharía en absoluto.
La sola imaginación de despertarse y encontrarse sola abordo daba
escalofríos. Era inimaginable…
Cuando
estaba terminando la primera semana de navegación tuvimos que
cambiar el querosene de la cocina. En Venezuela un navegante suizo
me había regalado esa cocina. Es de inoxidable, a querosene y hay
que bombear para darle presión al tanque.
Ocurrió que el querosene que adquirí en Venezuela era de pésima
calidad. No sabía que había varias clases de querosene y ese fue
el único que encontré. Compré varios litros que deberían
alcanzar hasta Inglaterra, pero los tuvimos que tirar. La cocina no
lograba quemar bien por lo que nos vimos imposibilitadas de cocinar
con ella. Sólo podíamos calentar algunas latas de comidas
precocidas y un poco de agua para las sopas. Debimos buscar una
alternativa, y esta la encontramos en la parrilla de abordo.
Comenzamos a cocinar en ella, hacíamos tallarines, papas y cebollas
a las brasas, salchichas asadas y todo cuanto se nos ocurría, pero
el problema de la parrilla era que debíamos detener al Ithaca,
bajar las velas por seguridad y recién ahí podíamos cocinar. Esto
nos hacía perder un tiempo precioso y éramos concientes de que no
siempre íbamos a poder cocinar de esa manera.
En
un momento pensamos en volver, pero ese pensamiento duró solo unos
minutos, ya habíamos salido y no pensábamos regresar…, ya nos
las arreglaríamos de alguna manera…
Mientras
tanto comenzamos a tomar vitamina C y un complejo multivinamínico,
lo que nos ayudó mucho psicológicamente.
Tres
días después del episodio de la cocina vemos por la madrugada un
velero en el horizonte. Nos comunicamos por radio y resultó ser un
velero francés llamado “Mariala”. Conversamos, habían salido
del mismo puerto que nosotras pero un día después. Su barco al ser
mas grande y liviano navegaba más rápido que el nuestro. Cuando se
enteraron del desperfecto de nuestra cocina, se solidarizaron y nos
propusieron pasarnos comida caliente. Lo cual nos venía muy bien,
porque en los primeros días después de la novedad de la cocina no
habíamos comido nada caliente. Sólo pescado en latas y ensaladas.
De esta manera tuvimos nuestro delivery en el Atlántico!!!! Los dos
tripulantes franceses nos pasaron una lata grande de guiso francés
caliente!!! La satisfacción de volver a comer caliente, en el medio
del Atlántico no tiene precio…
Nos despedimos y cada uno continuó el viaje, quizás nos encontraríamos
en Faial, Azores.
Con
el correr de los días nos dábamos cuenta cómo nos estábamos
debilitando, comenzamos a perder peso, pero teníamos la firme
convicción de que íbamos a llegar!
Nos
comunicábamos a diario por BLU, con Rafael de la Rueda de los
Navegantes y con Miguel Urbieta, del Servicio Auxiliar de
Radioperadores de la Armada Argentina, quien a su vez nos pasaba el
parte meteorológico que elaboraba, para nosotras, el Pato Duperrón.
Estas comunicaciones fueron muy importantes en todo sentido, tanto a
nivel de información como a nivel anímico.
Tratábamos de comentar lo mas fielmente las vicisitudes del viaje,
pero por otra parte decidimos no mencionar algunas cosas, como lo de
la cocina, para no preocupar a nuestra familia y amigos. Ellos nada
podrían hacer y no valía la pena preocuparlos…
A
partir de aquí se fueron sucediendo una serie de desperfectos,
comunes a todos los barcos. En navegación costera, esos problemas
no tienen gran relevancia, ya que una llega al puerto mas cercano y
soluciona el tema. En el cruce del Atlántico sólo cabe arreglar
las cosas abordo o seguir como se pueda.
Nosotras hicimos las dos cosas, arreglamos algunas y seguimos
siempre adelante.
Primero
se cortó la driza del yanqui, la vela de proa. Es la vela que mas
empuja en el Ithaca. Para reponer esa driza debíamos subir al palo
hasta el tope y luego hacer malabarismos para cambiarla.
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Intentamos
dos veces subir, pero el balanceo del palo era tal que no nos
atrevimos por seguridad.
Pensamos que igualmente teníamos la trinquetilla para reemplazarla en
cierta medida, por lo que no insistimos mas y continuamos el viaje a
menor velocidad.
Luego se fisuró la trampa de agua del caño de escape, es de acero
inoxidable. La sacamos y unimos las mangueras con un invento ocasional.
Mas tarde, una de las patas del motor cedió. También pusimos manos a
la obra y juntando material de todas partes, agudizando el ingenio
y tirando diferentes teorías de cómo solucionar el problema,
por fin lo hicimos. La pata provisoria aguantó hasta Azores. Luego
supimos que solo se había desoldado el perno de la arandela de abajo.
Así
íbamos descontando millas, avanzando hacia nuestro destino. Rafael
nos anunció una baja y
vientos de hasta 30 nudos. Se cumplió, tuvimos nuestros 30 nudos y un
poquito mas. Sirvió para probarnos y conversar sobre lo que haríamos
de soplar mas viento. Estábamos preparadas y totalmente amarinadas.
Ninguna de las dos se mareo o descompuso en ningún momento de la
travesía.
En
navegación una tiene tiempo de pensar los pasos, de esperar la
tormenta, rezando siempre para que la decisión que tomamos sea la mas
favorable. Son muy pocas las veces que la tormenta llega sin previo
aviso… Pero el tiempo de espera suele ser difícil, y una puede
estar muy bien físicamente pero si está débil anímica o
mentalmente puede ser una mala combinación.
Rafael, nuestro contacto radial diario, de la Rueda de Los Navegantes,
nos anunció otra baja. Esta vez se interponía entre nosotras y
Azores. Ibamos directo hacia ella pero por su extremo sur. El viento
no nos daba para tomar otro rumbo. Si cruzábamos la baja por el medio,
podría ser que tuviéramos fuertes vientos pero por poco tiempo y al
salir de la baja tendríamos viento a favor hasta Azores. Si la pasábamos
por debajo, tendríamos siempre viento en contra hasta pasarla.
Nuestro
caso no fue ni uno ni otro. Al no contar con el yanqui nuestra
velocidad era menor por lo que no pudimos apurarnos mas de lo que lo
hicimos…
Nunca pudimos pasar la baja, por eso siempre tuvimos viento en contra
hasta llegar a Azores.
La baja nos encontró y el primer día tuvimos 40 nudos de viento. Era
lo mas que habíamos pasado hasta ese momento. Las olas crecían y el
espectáculo fuera de la cabina del Ithaca era increíble.
El radar ya no era confiable, con olas tan grandes no llegaba a tomar
bien los barcos, que aparecían y desaparecían entre las olas igual
que el Ithaca. Un buque nos pasó realmente muy cerca. Lo vimos cuando
estaba prácticamente sobre nosotras. Lo llamamos por radio para
decirle nuestra posición y rumbo y nos contestó que aún con los
datos que le pasamos no podía vernos en el radar o por la escotilla.
Recién cuando lo tuvimos de través pudo divisarnos y nos lo comunicó.
Este buque nos pasó la meteo, como tantos otros con los que nos
cruzamos. Siempre preguntaban si necesitábamos algo, muy amables y
luego nos daban la meteo. Pero la de ese buque no era alentadora. La
baja se intensificaba y el viento sería aún mas fuerte con olas mas
altas todavía.
El
pronóstico se cumplió al día siguiente…
Tuvimos
viento de 45 nudos con rachas de 50. El timón de viento iba al mando
del Ithaca. Las dos refugiadas en el interior del barco, mirando por
las ventanas un maravilloso espectáculo de furia en la naturaleza.
Cabe aclarar que el timón de viento está completamente reforzado, el
trabajo lo realizamos en Venezuela a los efectos del cruce del Atlántico.
Las olas superaban los 7 u 8 metros, cuando el Ithaca estaba en la
cresta de la ola, veíamos a estribor un precipicio indescriptible y
rogábamos que el Ithaquita no resbalara por él. Así cada vez…, y
el Ithaca siempre se mantenía sobre la cresta…
La
tensión abordo se sentía. Nos mirábamos y mirábamos la fuerza del
mar y el viento, pero ninguna de las dos decía nada, no era preciso.
Ya habíamos pasado otras veces por situaciones semejantes pero en
otros ámbitos y bastaba sólo mirarnos para entender por lo que
estaba pasando la otra. Estábamos con todos los sentidos puestos en
el menor detalle.
La
tormenta paso…, como siempre pasan…
El
viento en contra duró exactamente hasta dos días después de haber
tomado amarra en Azores. Nos hizo retrasar nuestro arribo al puerto y
nos la puso difícil precisamente hasta que doblamos la escollera de
Horta.
Recuerdo que faltaban tres millas para llegar y el viento de frente
era de entre 25 y 30 nudos. No lo podíamos creer. A sólo tres millas
hacíamos bordes y avanzábamos poco y nada.
Llegamos
a pura garra, teníamos los ojos completamente colorados del cansancio,
yo adelgacé cinco kilos y Miryam 3,5. Estábamos agotadas, teníamos
hambre y queríamos dormir 24 horas seguidas.
Rafael
había estado elogiándonos por radio la semana antes de llegar y pedía
a todos los navegantes que se encontraban en Faial que nos fueran a
recibir. Nosotras pensamos que ya no quedaría nadie porque el viento
de cincuenta nudos y la baja que tanto nos complicaba a nosotras
favorecía a los navegantes que ya estaban en Horta. Quienes quisieran
ir para Galicia, Francia o Inglaterra, tenían viento a favor.
Pero para nuestra sorpresa allí estaban, algunos que habían salido
para sus destinos incluso volvieron para esperarnos!!!
Llegamos
a las 12 de la noche (UTC), y los navegantes oceánicos nos esperaban
con canciones, aplausos, encendedores prendidos, gritos, panderetas…
Fue una fiesta maravillosa!!!
Apenas nos arrimamos a la gasolinera, saltaron dos navegantes abordo
para ayudarnos a amarrar, mientras nos decían que ya habíamos
llegado que del barco se encargaban ellos. Todos nos saludaban, muchas
risas, gran alegría, les conocimos las caras a aquellos que habíamos
estado escuchando nosotras también por la radio y todos juntos nos
fuimos al bar de Peter, conocido internacionalmente, a festejar y a
tomar esa cerveza con la que invita el dueño del bar a cada navegante
que arriba a Horta. Gesto que se ha convertido en un ritual.
Días
después de nuestra llegada completamos el segundo ritual de Horta,
realizamos nuestra pintada en la marina, para dejar un recuerdo de
nuestro paso por tan hermosa isla. La isla azul la llaman porque en
primavera florecen las hortensias azules por toda la isla.
El
cruce del Océano Atlántico nos demandó 32 días. Un mes de comunión
con el mar, con la naturaleza, con el Ithaca y con nosotras mismas.
Un mes que jamás olvidaremos, una experiencia única con la que
muchos sueñan y que pocos se atreven a hacer realidad.
Nos preparamos concientemente
para este viaje, hemos trabajado en equipo, hemos invertido
tiempo, paciencia, horas de aprendizaje, mucha dedicación, constancia,
esfuerzo y por sobre todas las cosas…, nos decidimos
a hacer realidad un sueño!!
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